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The end of December saw the streets of São Luís, Brazil turned into a war zone. Buses were burned, police stations fired upon, and three prisoners were decapitated. The authorities didn’t need to search for those responsible for the unrest, they were already behind bars. The unrest in São Luís was ordered by the leaders of powerful prison gangs, angered by the efforts of the authorities to reassert control over the prison. The power and reach of prison gangs is not unique to São Luís, nor to Brazil, though Brazilian prison gangs have proven particularly adept at wielding attacks outside of prison walls in order to obtain concessions for the incarcerated. Rather, prison gangs exist and pose key challenges in a host of nations, notably including the United States. Their increasing power outside of prison walls and entrepreneurial reach presents an increasingly complicated challenge to governments.

Prison gangs are in equal parts predicated upon protection and profit. Prisons can be quasi-anarchic and hyper-violent environments, a situation exacerbated by chronic overcrowding and weak capacity amongst the correctional authorities. Prison gangs provide security guarantees to their members, increasing the stakes for those who would victimize them. The groups are usually organized either according to identity markers – race, ethnicity, tribe, or ideology – or as simple opt-in entities. However, once a member joins, there is rarely an easy way to shed the affiliation. The growing numbers of prisoners incarcerated for drugs charges, coupled with the rhythm of prisons – incarceration and eventual release – soon leads to the existence of large networks of sworn gang members both in and out of jail. This dynamic has assisted prison groups in achieving their other key goal: profit.

Within prison walls, the gangs engage in a range of lucrative activities. These include for-profit protection and killings, drug smuggling, and the sale of other in-demand sundry items. Some groups, such as the Mexican Mafia in the United States, have sought to profit outside of jail by levelling a “tax” on street gangs, in turn acting as dispute adjudicators and contract enforcers between the various gangs they control. Other groups, such as Brazil’s Commando Vermelho, engage directly in the street level illicit economy, vending drugs and providing other prohibited services.

Given their genesis, the groups are often composed of slightly older and more experienced members than typical street gangs. They are often hierarchically structured, with the leadership able to exert a significant and surprising degree of control over lower level cadres on the street. In turn, these attributes can make formidable combatant forces. Drug trafficking organizations, especially those in Mexico, have allied with prison gangs to supplement their military muscle. The transnational Barrio Azteca and the Artistas Asesinos prison gangs played a key role in the 2008 – 2012 drug war for Ciudad Juarez. In Brazil, the military muscle of prison gangs has at times been unleashed on the state. In 2006, the Primeiro Comando da Capital staged hundreds of attacks on buses, police officers, and government officials in Sao Paolo in order to pressure political officials into rethinking plans to transfer the gangs’ leadership. In Central America the imprisoned leadership of the Mara Salvatrucha 13 and Calle 18 in El Salvador have enjoyed some degree of political empowerment through their control of the violence perpetrated by street level gang members.

Governments grappling with prison gangs enjoy few options. Typical forms of criminal deterrence, the threat or application of correctional detention are toothless for already incarcerated individuals. While the coerciveness of detention can be increased, there is little indication that the application of oft used sanctions – such as solitary confinement – on group members either deters membership in prison gangs or impedes the group’s ability to operate. Similarly, the arrest and incarceration of street level gang members simply thrusts them back into an environment that, while often harsh, is under the control of their organization.

It seems likely that the challenge posed by prison gangs will only increase. In Brazil, the Primeiro Comando da Capital has franchised itself, with affiliated groups operating in 16 of Brazil’s 27 states. The violence in São Luís was perpetrated in part by one such offshoot, the Primeiro Comando do Maranhão. A key question is whether prison gangs will follow the lead of other organized crime groups, and some street gangs, and aim to become transnational. If prison gangs are able to accomplish such an evolution, and preserve their hierarchic organization, they may well become some of the more formidable transnational organized crime groups of the coming decades.

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Tras las rejas y controlando el barrio

A finales de diciembre, las calles de Sao Luís, Brasil, se trasformaron en un campo de batalla. Varios autobuses fueron quemados, muchas comisarías recibieron disparos, y tres prisioneros fueron decapitados. Las autoridades no tuvieron que buscar a los responsables del caos pues ya estaban tras las rejas. Los disturbios en Sao Luís fueron realizados bajo órdenes de los líderes de poderosas bandas presidiarias, enfurecidas por los esfuerzos de las autoridades en reafirmar su control sobre el penal. El poder y el alcance de las bandas de reclusos no es exclusivo de Sao Luís -tampoco de Brasil-, aunque las bandas en las cárceles de este país han probado ser particularmente adeptas a la organización de ataques fuera de la penitenciaría con el objetivo de obtener concesiones para los convictos. Por el contrario, las bandas de reclusos existen y son un desafío en varios países, incluyendo principalmente a los Estados Unidos. Su creciente poder fuera del penal y su alcance empresarial constituyen un desafío cada vez más complejo para los gobiernos.

Las bandas en las cárceles basan su existencia en la protección y los beneficios, en partes iguales. Las cárceles pueden ser ambientes quasi-anárquicos y sumamente violentos, situación que se ve exacerbada por la superpoblación crónica de los penales y la débil capacidad de las autoridades correccionales. Las bandas de reclusos les garantizan seguridad a sus miembros, aumentando de este modo los riesgos para quienes osen enfrentarlos. Los grupos están generalmente organizados por marcas de identidad –raza, etnia, tribu o ideología- o como entidades a los que los miembros pueden elegir sumarse. No obstante, una vez que un individuo se une al grupo, no le resultará fácil salir. El número de reclusos encarcelados por delitos relacionados con las drogas, sumado a la dinámica de los centros penitenciarios –encarcelamiento y liberación-, da rápidamente lugar a la existencia de grandes redes tanto dentro como fuera de la cárcel. Esta dinámica les ha ayudado a las bandas a lograr su otro objetivo principal: generar ganancias.

Dentro de las paredes de la cárcel, las bandas participan de una variedad de actividades que les generan ingresos, las cuales incluyen protección, asesinatos, contrabando de drogas, y la venta de otros elementos varios por encargo. Algunos bandos, como la Mafia Mexicana en los Estados Unidos, han intentado obtener ganancias fuera de la prisión aplicando un “impuesto” sobre las bandas callejeras a cambio de actuar como árbitros en las disputas y como responsables del cumplimiento de acuerdos entre las varias pandillas que se encuentran bajo su control. Otros grupos, como el Commando Vermelho en Brasil, están directamente involucrados en la economía ilegal callejera comercializando drogas y ofreciendo otros servicios prohibidos por ley.

Dada su génesis, los grupos están normalmente compuestos por miembros un poco más adultos y experimentados que los de las típicas bandas callejeras. Generalmente tienen una estructura jerárquica en la que el líder puede ejercer un nivel de poder importante y sorprendente sobre los niveles inferiores en las calles, atributos que pueden crear fuerzas combatientes formidables. Las organizaciones narcotraficantes, especialmente las de México, han forjado alianzas con bandas en las cárceles con el fin de suplementar su poderío militar. Los grupos Barrio Azteca y Artistas Asesinos cumplieron un papel crucial en la guerra contra las drogas en Ciudad Juárez entre 2008 y 2012. En Brasil, el poder militar de grupos presidiarios en varias ocasiones ha sido utilizado contra el estado. En 2006, el Primeiro Comando da Capital montó cientos de ataques contra autobuses, comisarías y sobre funcionarios del gobierno en Sao Paulo con el objetivo de presionar a los funcionarios públicos a reconsiderar sus planes de transferir el liderazgo de las bandas. En América Central, los líderes encarcelados de Mara Salvatrucha 13 y Calle 18 en El Salvador han gozado de cierto nivel de fortalecimiento político mediante su control sobre la violencia perpetrada por sus miembros en las calles.

Los gobiernos que luchan contra las bandas en las cárceles tienen pocas opciones. Las formas típicas para desalentar la delincuencia, la amenaza o la aplicación de detenciones correccionales, son ineficaces para los individuos que ya se encuentran cumpliendo su condena en prisión. Si bien puede aumentarse el carácter coercitivo de los arrestos, hay pocos indicadores de que la aplicación de las sanciones típicas –como por ejemplo el aislamiento- sobre los miembros de estos grupos desanime la formación de bandas en los penales o impida sus operaciones. De modo similar, el arresto y encarcelamiento de las bandas callejeras simplemente las pone de vuelta en un ambiente que, aunque a veces hostil, está bajo el control de la organización a la que pertenecen.

Parece muy probable que el desafío que las bandas en las cárceles imponen continúe en aumento. En Brasil, el Primeiro Comando da Capital cuenta con grupos afiliados que operan en 16 de los 27 estados del país. La violencia en Sao Luís fue perpetrada en parte por una de estas filiales, el Primeiro Comando do Maranhão. Una pregunta clave es si las bandas presidiarias seguirán los pasos de otros grupos criminales organizados y si adquirirán un nivel transnacional. Si estas bandas son capaces de lograr tal grado de evolución y de preservar su organización jerárquica, bien pueden convertirse en unos de los grupos transnacionales criminales más temibles de las próximas décadas.

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