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Kidnapping for ransom has been on the rise across the globe, from the West to the Gulf, from Somalia to San Diego, from Syria to the Sahara, and its forms are astonishingly diverse. As a criminal enterprise it has great appeal – low investment, generally low risk, often quick returns, and plentiful targets. Kidnappers have adapted their operations to incorporate modern technology, both in the kidnapping itself and through the use of electronic and virtual currencies to make pay-offs almost undetectable.

Do you even need to have a victim to have a kidnapping? Increasingly, the answer is no. Virtual kidnapping is a particular favourite of the Latin American organised crime groups, but is also practiced in the USA and Pakistan. In a virtual kidnapping, scam artists call your loved one at a time when they know you’ll be out of contact, claim to be holding you hostage, and demand a small sum – typically between $1-3,000 – in an instant payment for your release.

This November, four people were indicted in San Diego for running a slick operation targeting the families of Mexican immigrants, saying they were holding a relative who had been heading to the U.S. illegally. With call lists and information gleaned from social media sites, the four made upwards of 5,000 calls a day, speaking from a script like a telemarketer. It is alleged they made over $500,000 in five years. Similar scams have been perpetrated using stolen cellphones and wallets. When criminals carry out real kidnappings, they need safe houses to hide the abducted subjects, and they must go through the trouble of keeping them reasonably cared for if they plan to return them for the ransom. Virtual kidnappers, on the other hand, just need a phone line, some personal information, and the ability to terrify their victim—which isn’t hard when he or she believes an employee or a loved one’s life is on the line.

Also on the rise are flash kidnappings – apparently opportunistic abductors target young men or women with new-looking cars. Hustled aggressively to an ATM the victim is forced to withdraw his or her own ransom. If all goes well, the victim is released afterwards, generally having been relieved of all valuables. This form of kidnapping is particularly prevalent in urban areas, as with a case at the end of October in Karachi, due to the prevalence of cash machines.

Kidnapping as a warfare strategy is an old tactic, practiced by armed and insurgent groups including, amongst others, the Red Brigades and other communist groups in Europe in the 1960s and 1970s. It has seen a resurgence and privatization in modern conflicts, by criminal groups, disaffected tribes, and other politically motivated groups.

Currently prevalent is the politically and profit motivated kidnapping of foreigners and journalists in conflict zones such as Syria and Mali. Abductions of journalists inside Syria have increased sharply as the conflict has worsened and the insurgency has turned more jihadist and chaotic. Reportedly €25 million was paid for the release of the four hostages in Niger this month, who had been held since 2010. Stratfor, the business intelligence company, estimates that AQIM has earned around $116 million in ransoms in the Sahel since 2003. The payouts make the practice increasingly attractive to politically or ideologically motivated groups who need resources to fund ongoing conflict. While insurgent groups may formally say they’re responsible, but more frequently they’re the last link on the chain – kidnapping draws in a host of other actors who actually undertake the snatch and the subsequent
ransom negotiation, further evidence of the growing linkages between organized crime, conflict and terrorism.

Even Somali piracy is a kidnap-ransom based crime, which exemplifies its unique evolution from traditional forms of piracy that typically involved pirates seizing the cargo for sale. Somali pirates, on the other hand, ransom the ship, its cargo and the crew – a practice which has garnered pirates more than $400 million dollars since 2009. A recently published joint report by the World Bank, UNODC and Interpol documents the ways and means that the Gulf of Aden pirates negotiate, receive and launder the ransoms.

Kidnapping is often a difficult crime to deal with. As long as the perpetrators control a victim, they are able to deter law enforcement or military actions against them. The families of victims may be able to bring pressure to bear to ensure that their loved one is released. The increased utilization of kidnapping by insurgent groups has led to fierce debates between Western governments over the most appropriate strategies to deal with the kidnapping for ransom practice – whether to pay or not to pay, whether to try and negotiate for release or to attempt a rescue. It is clear from the trends of those abducted that kidnappers are targeting nationals from those countries that pay ransoms. Thus, while the return of hostages is often deeply symbolic, and certainly important to their families, payment in the context of any of these kidnap-based crimes helps to fuel the growing criminal markets in kidnapping for ransom.

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Secuestros extorsivos: el delito organizado del hombre común

Los secuestros extorsivos han ido en ascenso en el mundo entero, desde occidente hasta el golfo, desde Somalia hasta San Diego, desde Siria hasta el Sahara, y sus formas son sorprendentemente diversas. Como negocio clandestino tiene gran atractivo – requiere de baja inversión, por lo general conlleva bajo riesgo, usualmente genera ganancias rápidas, y las víctimas abundan. Los secuestradores han adaptado sus operaciones y han ido incorporando tecnología moderna tanto en los secuestros en sí mismos como en el uso de monedas virtuales y electrónicas que hacen que los pagos por rescate sean casi indetectables.

¿Si es necesario tener una víctima para realizar un secuestro? Con cada vez más frecuencia la respuesta es no. Los secuestros virtuales son los favoritos entre los delincuentes en América Latina, aunque también se practican en los Estados Unidos y en Pakistán. En un secuestro virtual, los delincuentes llaman a tu ser querido en un momento en el que saben que estarás fuera de contacto, afirman que te tienen de rehén, y demandan una pequeña cantidad de dinero – usualmente entre $1.000 y 3.000 – y un pago inmediato por tu rescate.

En noviembre, cuatro personas fueron imputadas en San Diego por llevar adelante una muy hábil operación en la cual las víctimas eran inmigrantes mexicanos a quienes les decían que tenían cautivo a un familiar suyo que se estaba dirigiendo ilegalmente a los Estados Unidos. Con listas de llamadas e información recogida desde redes sociales, estos cuatro sujetos realizaban más de 5.000 llamadas diarias, y hablaban guionados como telemarketers. Se alega que obtuvieron más de $500.000 en cinco años. Fraudes similares han sido realizados gracias a teléfonos celulares y billeteras robadas. Cuando los delincuentes llevan a cabo secuestros reales, necesitan de lugares seguros en los que puedan ocultar a sus víctimas, y tienen que ocuparse de mantenerlos razonablemente cuidados si es que planean entregarlas luego de cobrar por su rescate. Por el contrario, los secuestradores virtuales sólo precisan de una línea telefónica, alguna información personal, y de habilidad para aterrar a su víctima – que no es difícil cuando ésta cree que está en juego la vida de un ser querido o de un empleado.

También están en ascenso los secuestros exprés – abducciones aparentemente oportunistas de jóvenes que conducen coches nuevos a quienes obligan a ir a un cajero automático y extraer dinero para pagar su propio rescate. Si todo va bien, la víctima es liberada inmediatamente luego de ser destituida de todos sus objetos de valor. Esta forma de secuestro es particularmente común en zonas urbanas, como en un caso en Karachi a finales de octubre, debido a la prevalencia de efectivo en los cajeros.

El secuestro como estrategia de combate es una táctica vieja, practicada por grupos armados e insurgentes incluyendo, entre otros, a las Brigadas Rojas y otros grupos comunistas en Europa en las décadas de 1960 y 1970. Se ha visto un resurgimiento y una privatización en conflictos modernos generados por grupos delictivos, tribus rebeldes, y otros grupos motivados por intereses políticos.

Los secuestros que predominan actualmente son aquellos cuyas víctimas son extranjeros o periodistas en zonas de conflictos, como Siria y Mali, y están impulsados por intereses políticos o por dinero. Las abducciones de periodistas en Siria han aumentado drásticamente a medida que el conflicto empeora y la insurgencia se ha tornado más yihadista y caótica. Supuestamente, se pagaron €25 millones para la liberación de los cuatro rehenes en Nigeria este mes, capturados desde 2010. Stratfor, la agencia privada de inteligencia, estima que AQMI ha reunido alrededor de $116 millones por secuestros extorsivos en el Sahel desde 2003. Estas sumas hacen que esta práctica sea cada vez más atractiva para grupos motivados por intereses políticos o ideológicos en busca de recursos para financiar los continuos conflictos. Si bien los grupos insurgentes pueden formalmente afirmar que son los responsables, muchas veces son el último eslabón de la cadena –los secuestros atraen a muchos otros actores que son los que en realidad realizan la captura y la ulterior negociación del rescate, lo que constituye mayor evidencia de las conexiones entre la delincuencia organizada, el conflicto y el terrorismo.

Incluso la piratería en Somalia es un delito basado en la dinámica secuestro-rescate, lo cual ejemplifica su particular evolución desde formas tradicionales de la piratería, que típicamente involucraban a piratas que se apoderaban del cargamento para posteriormente venderlo. Por el contrario, los piratas somalíes piden rescate por el barco, su cargamento y la tripulación –una práctica que les ha generado ingresos superiores a los $400 millones de dólares desde 2009. Un informe conjunto publicado recientemente por el Banco Mundial, UNODC e Interpol documenta las formas y medios en las que los piratas del Golfo de Adén negocian, reciben y lavan el dinero proveniente de los rescates.

Los secuestros suelen ser delitos difíciles de abordar. Siempre que los delincuentes tengan el control de la víctima, impiden cualquier acción policial o militar en contra de ellos. Las familias de las víctimas pueden ejercer presión para asegurar que su ser querido sea liberado. La creciente utilización de los secuestros por parte de grupos insurgentes ha generado acalorados debates entre gobiernos de occidente sobre las estrategias más adecuadas para lidiar con esta práctica –sobre si se debe pagar o no, si se debe intentar negociar la liberación, o si se debe intentar realizar un rescate. Observando las tendencias de los individuos secuestrados, es claro que los raptores dirigen sus acciones a ciudadanos de esos países que suelen pagar rescates. De este modo, mientras que la liberación de la víctima suele ser meramente simbólica, y con certeza importante para las familias, el pago en cualquier contexto delictivo ayuda a alimentar los crecientes mercados clandestinos y los secuestros extorsivos.