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In the first two months of 2014 we have witnessed the extraordinary momentum of political will being mobilized to fight against illegal wildlife trade.  Certainly the rhetoric to save some of the most precious wildlife species in the world is growing, but so too is the illegal trade.  If we quite rightly salute enthusiastically the surge of enforcement operations that preceded the first-of-its-kind London Conference on Illegal Wildlife Trade, we must also acknowledge that 2013 registered the highest death toll of rhinos ever and the slaughter of African elephants has not slowed in intensity.  It is a tough challenge, and the clock is ticking.

As the international community reviews its arsenal of responses – last month we saw sanctions applied to wildlife crime for the first time – the US Government has announce a reward of $1 million for anyone providing reliable information to dismantle an alleged criminal network engaged in wildlife crime.  This comes under the USA’s Transnational Organized Crime Rewards Programme, an initiative established in 2013 to parallel the longstanding Narcotics Reward Programme whose slightly macabre website offers up to $5 million for information that takes down any drug kingpin listed there and of which El Chapo was one.  The system of offering rewards for information leading to arrest is a pillar of the US criminal justice system, and bounty hunters are used in everything from parole violators upwards.

In this case, the bounty is offered for information on a Laotian criminal group, the Xaysavang syndicate, whose illicit business is well documented by various journalists, book authors and NGOs through the analysis of records of police investigations, court proceedings in South Africa, Thailand and through undercover investigations.  Yet despite this, the group, and particularly its alleged leader, Vixay Keosavang, have managed to remain impervious to prosecution.

A number of associates in the Xaysavang syndicate have been arrested and tried (including in the baffling case of a key “lieutenant”, Chumlong Lemtongthai, whose charges were mysteriously dropped by the South African prosecutor despite evocative video evidence) and some have even been imprisoned for decades.  But the syndicate has proved resilient to law enforcement efforts, with new operatives quickly deployed to continue operations as others are removed.  As the body of evidence on their operation grows, the desire to strike at the top of organization becomes increasingly attractive.

But to this day, the shadowy Mr. Keosavang has never had an arrest warrant issued against him by any national or international authority.  He is a free man with no criminal charges, and in fact holds a privileged position with the Laotian government, as the head of a state-run enterprise who has in the past accompanied the President on an official state visit.  The Lao PDR Government who attended the London conference didn’t speak, despite the clear decision of the conference being to “to ensure that the criminals involved, in particular those ‘kingpins’ who control the trade, are prosecuted and penalised to provide an effective deterrent.”

So while considering this action to disrupt criminal networks as being broadly laudable, when applied to environmental crime it does raise some interesting questions:  Does offering a reward for information on the enterprise of a free man before he is convicted – and without a court order –undermine basic principles of due process?  Would it compromise subsequent investigations and the potential for a fair trial? And which country is actually entitled to issue similar rewards in cases of transnational organized crime: is it the country where the offence is committed? The country where the criminal group is mainly based? Or is it rather any country that can afford it?

The complexities of jurisdiction in the case of environmental crime, are not as straightforward as with drug trafficking, which is universally considered to be a serious crime and a criminal offense.  Environmental crimes are frequently more ambiguous: what maybe criminal in one state may be legal in another – and for that reason the application of a bounty on an individual or a company with no current our outstanding legal cases is of questionable validity.  Furthermore, for as long as this ambiguity remains, it plays straight into the most complex challenges of international cooperation.  When the world stands almost united in the desire to end wildlife crime, the risk of a diplomatic incident derailing this would be unfortunate.  Until environmental crime is universally accepted as a serious crime, such acts risk to go down the slippery path of unilateral action, which has often made other fights – such as those on drugs and terrorism – less effective, less popular and, on occasion, less just.

                                                                 

Cazadores de recompensas movilizados en la lucha contra los delitos a la fauna silvestre

En los dos primeros meses de 2014, hemos visto el impulso extraordinario que ha cobrado la voluntad política en la lucha contra el comercio ilícito de fauna silvestre. Definitivamente, la retórica sobre la importancia de salvar algunas de las especies más preciadas de nuestra fauna está creciendo a nivel mundial, del mismo modo que lo está haciendo la comercialización ilícita. Si vamos a elogiar enfáticamente, y con razón, el aumento en la exigencia del cumplimiento de la ley que precedió la primera conferencia sobre el tráfico de fauna silvestre, celebrada en Londres, debemos también reconocer que en 2013 se registró la tasa más alta de rinocerontes asesinados, y la matanza de elefantes en África no ha mermado su intensidad. Es un desafío importante y el tiempo no se detiene.

Mientras que la comunidad internacional analiza su arsenal de respuestas – el mes pasado vimos por primera cómo se aplicaban sanciones al delito contra la fauna –el gobierno de los Estados Unidos ha anunciado una recompensa de $1 millón para cualquiera que brinde información confiable que sirva para desmantelar una supuesta red criminal partícipe de delitos contra animales salvajes. Esta iniciativa es parte del Programa de Recompensas contra la delincuencia Transnacional Organizada establecido en 2013 en paralelo al Programa de Recompensas contra la Droga cuyo sitio web, un tanto macabro, ofrece hasta $5 millones por información que apunte a cualquiera de los narcotraficantes mencionados en la lista, en la cual estaba presente El Chapo. El sistema de recompensas a cambio de información que sea de utilidad para arrestar delincuentes o criminales es un pilar del sistema judicial de los Estados Unidos, y los cazadores de recompensas son útiles para todos los delitos, desde la violación de la libertad bajo fianza hacia arriba.

En este caso, la recompensa se ofrece a cambio de información sobre un grupo criminal de Laos, el sindicato Xaysavang, cuyos negocios ilícitos han sido bien documentados por varios periodistas, escritores y ONGs a través del análisis de registros de investigaciones policiales,  actas judiciales en Sudáfrica, Tailandia y mediante investigaciones encubiertas. Aun así, el grupo, y particularmente su supuesto líder, Vixay Keosavang, han logrado salir inmunes.

Varios asociados al sindicato Xaysavang han sido arrestados (incluido el incomprensible caso de un “teniente” clave, Chumlong Lemtongthau, cuyos cargos fueron misteriosamente desestimados por un fiscal sudafricano a pesar de un video evocador presentado como prueba) y algunos incluso han sido sentenciados a prisión por décadas. No obstante, el sindicato ha probado ser resistente a la ley, desplegando nuevos operativos rápidamente para poder continuar con sus operaciones mientras otras son eliminadas. A medida que la evidencia sobre sus operaciones crece, el deseo de dar un golpe en la cima de su organización resulta cada vez más atractivo.

Pero hasta la fecha, el misterioso Keosavang nunca ha recibido una orden de arresto de ninguna autoridad nacional o internacional. Es un hombre libre sin ninguna causa penal y, de hecho, mantiene una posición de privilegio en el gobierno de Laos como director de una entidad pública que en el pasado acompañó al Presidente en una visita oficial. Los miembros del gobierno de la República Democrática Popular de Lao que asistieron a la conferencia en Londres no hablaron, a pesar de que la decisión de la conferencia era claramente “asegurar que los delincuentes involucrados, en particular los cabecillas que controlan el comercio, sean procesados y sentenciados en miras a establecer medidas disuasivas”.

Considerando entonces este recurso para desmantelar redes criminales como ampliamente meritorio, surgen algunas preguntas interesantes cuando se aplican a delitos contra el medio ambiente: ¿no socava los principios básicos a un juicio justo el hecho de ofrecer recompensa por la información brindada sobre los negocios de un hombre libre antes de ser procesado? ¿No pondría en peligro investigaciones posteriores y la probabilidad de un juicio justo? ¿Y qué país tendría entonces el derecho de ofrecer recompensas similares en casos de delitos organizados transnacionales: el país en donde se cometió la ofensa? ¿El país en donde está principalmente asentado el grupo criminal? ¿O en realidad puede hacerlo cualquier país que pueda hacer frente al gasto?

La complejidad de jurisdicciones en el caso de delitos contra el medio ambiente no es tan directa como en el caso del narcotráfico, el cual es universalmente considerado un delito grave y un acto criminal. Los delitos ambientales son, con frecuencia, más ambiguos: lo que puede ser considerado un delito en un país, puede no serlo en otro –y por tal motivo, la aplicación de sistemas de recompensa sobre un individuo o una empresa sin causas legales abiertas o pendientes tiene una validez cuestionable. Además, mientras continúe la ambigüedad, juega de lleno en los desafíos más complejos de la cooperación internacional. Cuando el mundo se una en el deseo de combatir los delitos contra la fauna silvestre, el riesgo de sufrir incidentes diplomáticos será desafortunado.  Hasta tanto el delito ambiental sea universalmente aceptado como un delito grave, tales acciones correrán el riesgo de ir por el camino de la acción unilateral, que a menudo ha hecho otras batallas –como las de la droga y el terrorismo– menos efectivas, menos populares y, en ocasiones, menos justas.

                                                

Cazadores de recompensas movilizados en la lucha contra los delitos a la fauna silvestre

En los dos primeros meses de 2014, hemos visto el impulso extraordinario que ha cobrado la voluntad política en la lucha contra el comercio ilícito de fauna silvestre. Definitivamente, la retórica sobre la importancia de salvar algunas de las especies más preciadas de nuestra fauna está creciendo a nivel mundial, del mismo modo que lo está haciendo la comercialización ilícita. Si vamos a elogiar enfáticamente, y con razón, el aumento en la exigencia del cumplimiento de la ley que precedió la primera conferencia sobre el tráfico de fauna silvestre, celebrada en Londres, debemos también reconocer que en 2013 se registró la tasa más alta de rinocerontes asesinados, y la matanza de elefantes en África no ha mermado su intensidad. Es un desafío importante y el tiempo no se detiene.

Mientras que la comunidad internacional analiza su arsenal de respuestas – el mes pasado vimos por primera cómo se aplicaban sanciones al delito contra la fauna –el gobierno de los Estados Unidos ha anunciado una recompensa de $1 millón para cualquiera que brinde información confiable que sirva para desmantelar una supuesta red criminal partícipe de delitos contra animales salvajes. Esta iniciativa es parte del Programa de Recompensas contra la delincuencia Transnacional Organizada establecido en 2013 en paralelo al Programa de Recompensas contra la Droga cuyo sitio web, un tanto macabro, ofrece hasta $5 millones por información que apunte a cualquiera de los narcotraficantes mencionados en la lista, en la cual estaba presente El Chapo. El sistema de recompensas a cambio de información que sea de utilidad para arrestar delincuentes o criminales es un pilar del sistema judicial de los Estados Unidos, y los cazadores de recompensas son útiles para todos los delitos, desde la violación de la libertad bajo fianza hacia arriba.

En este caso, la recompensa se ofrece a cambio de información sobre un grupo criminal de Laos, el sindicato Xaysavang, cuyos negocios ilícitos han sido bien documentados por varios periodistas, escritores y ONGs a través del análisis de registros de investigaciones policiales,  actas judiciales en Sudáfrica, Tailandia y mediante investigaciones encubiertas. Aun así, el grupo, y particularmente su supuesto líder, Vixay Keosavang, han logrado salir inmunes.

Varios asociados al sindicato Xaysavang han sido arrestados (incluido el incomprensible caso de un “teniente” clave, Chumlong Lemtongthau, cuyos cargos fueron misteriosamente desestimados por un fiscal sudafricano a pesar de un video evocador presentado como prueba) y algunos incluso han sido sentenciados a prisión por décadas. No obstante, el sindicato ha probado ser resistente a la ley, desplegando nuevos operativos rápidamente para poder continuar con sus operaciones mientras otras son eliminadas. A medida que la evidencia sobre sus operaciones crece, el deseo de dar un golpe en la cima de su organización resulta cada vez más atractivo.

Pero hasta la fecha, el misterioso Keosavang nunca ha recibido una orden de arresto de ninguna autoridad nacional o internacional. Es un hombre libre sin ninguna causa penal y, de hecho, mantiene una posición de privilegio en el gobierno de Laos como director de una entidad pública que en el pasado acompañó al Presidente en una visita oficial. Los miembros del gobierno de la República Democrática Popular de Lao que asistieron a la conferencia en Londres no hablaron, a pesar de que la decisión de la conferencia era claramente “asegurar que los delincuentes involucrados, en particular los cabecillas que controlan el comercio, sean procesados y sentenciados en miras a establecer medidas disuasivas”.

Considerando entonces este recurso para desmantelar redes criminales como ampliamente meritorio, surgen algunas preguntas interesantes cuando se aplican a delitos contra el medio ambiente: ¿no socava los principios básicos a un juicio justo el hecho de ofrecer recompensa por la información brindada sobre los negocios de un hombre libre antes de ser procesado? ¿No pondría en peligro investigaciones posteriores y la probabilidad de un juicio justo? ¿Y qué país tendría entonces el derecho de ofrecer recompensas similares en casos de delitos organizados transnacionales: el país en donde se cometió la ofensa? ¿El país en donde está principalmente asentado el grupo criminal? ¿O en realidad puede hacerlo cualquier país que pueda hacer frente al gasto?

La complejidad de jurisdicciones en el caso de delitos contra el medio ambiente no es tan directa como en el caso del narcotráfico, el cual es universalmente considerado un delito grave y un acto criminal. Los delitos ambientales son, con frecuencia, más ambiguos: lo que puede ser considerado un delito en un país, puede no serlo en otro –y por tal motivo, la aplicación de sistemas de recompensa sobre un individuo o una empresa sin causas legales abiertas o pendientes tiene una validez cuestionable. Además, mientras continúe la ambigüedad, juega de lleno en los desafíos más complejos de la cooperación internacional. Cuando el mundo se una en el deseo de combatir los delitos contra la fauna silvestre, el riesgo de sufrir incidentes diplomáticos será desafortunado.  Hasta tanto el delito ambiental sea universalmente aceptado como un delito grave, tales acciones correrán el riesgo de ir por el camino de la acción unilateral, que a menudo ha hecho otras batallas –como las de la droga y el terrorismo– menos efectivas, menos populares y, en ocasiones, menos justas.

 

 

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