In March 2026, the Global Initiative Against Transnational Organized Crime (GI-TOC) participated in the 70th session of the UN Commission on the Status of Women (CSW70) in New York, bringing renewed attention to a critical yet often overlooked issue: the systematic use of sexual violence by organized criminal groups as a form of governance.
Drawing on analysis from its Observatory of Violence and Resilience in Haiti, the GI-TOC highlighted how, as Haiti’s security, political and humanitarian crises continue to deepen, women and girls are becoming increasingly exposed to extreme forms of violence. Gangs are using rape, sexual slavery and sexual torture to terrorize communities, punish perceived resistance, and consolidate control over people and territory. Armed groups in Haiti govern communities through coercion, fear and punishment, and sexual violence cannot be understood in isolation from these dynamics.
To understand sexual violence, it is necessary to examine how these acts are strategically deployed, including the role of gang leaders and rank-and-file members, and the contexts in which violence occurs. These acts may take place during attacks, in reprisals between rival groups, during displacement or as part of the daily life of communities living under armed control. The consequences of these acts extend far beyond the immediate trauma experienced by survivors: sexual violence can destabilize families, fracture communities, deepen fear and silence, contribute to displacement, and erode the social fabric that allows communities to resist violence and recover from crises.
A report published by a consortium of Haitian civil society organizations documented more than 4 000 cases of rape in the Artibonite, Ouest and Centre regions in 2025 alone. These figures are alarming, yet they almost certainly underestimate the true scale of abuse. Gender-based and sexual violence in Haiti remains severely under-reported due to stigma, insecurity and the absence of safe reporting mechanisms. Despite the efforts of Haitian organizations, many survivors have no access to protection, care or justice.
These issues were discussed during CSW70, at a side event held at Columbia University in partnership with the university’s Institute of Latin American Studies, the Haitian feminist organization Nègès Mawon, Doctors Without Borders and the GI-TOC’s Resilience Fund. The issues were also addressed at a high-level, closed-door briefing hosted by the Permanent Mission of Mexico to the United Nations. These discussions linked field-based analysis with broader policy debates on survivor-centred responses, accountability and international engagement.
A clear message emerged: survivors must be recognized as agents of change rather than simply as recipients of aid. Their experiences and perspectives should actively inform legal frameworks, policy design and recovery processes. This requires moving beyond merely identifying conflict-related sexual violence to actively promoting survivor-centred justice.
Participants also underscored persistent gaps in long-term rehabilitation. Psychological, social and economic recovery remain underfunded compared with emergency responses, despite being essential to durable healing and reintegration. Services must also be better coordinated, bringing together healthcare, legal assistance, psychosocial support and protection within frameworks that survivors can safely access.
The sustainability of women-led and front-line organizations was another central concern of the event. As international funding declines, local organizations are shouldering an increasing share of the response, often without the long-term financing needed to continue their work.
Accountability featured prominently throughout the discussions. Strengthening legal frameworks is essential, but so is ensuring that protections are implemented in practice. Systematic documentation and analysis of patterns of gender-based violence can support investigations, expose organized practices, inform reparations, and connect survivor testimony to broader understandings of territorial control and criminal governance.
The discussions also emphasized that international attention in Haiti has so far focused largely on Port-au-Prince, yet sexual and gender-based violence is not confined to the capital. Evidence from the Artibonite, Ouest and Centre regions, as well as field observations from other affected areas, highlight the need for a national understanding of these patterns.
Addressing sexual and gender-based violence today is also about preparing for the future. Discussions about stabilizing Haiti, providing security support, initiating disarmament and reintegration processes, and protecting internally displaced people are already underway. Safeguarding communities from sexual and gender-based violence must be fully integrated into these conversations from the outset, and lessons from Haiti should inform policy responses in other contexts affected by violence and organized crime.
La violencia sexual como instrumento de gobernanza criminal: Lecciones de Haití
En marzo de 2026, la Global Initiative Against Transnational Organized Crime (Iniciativa global contra el crimen organizado transnacional, GI-TOC) participó en la 70.ª sesión de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de las Naciones Unidas (CSW70), celebrada en Nueva York, poniendo el foco sobre una cuestión crítica, aunque a menudo invisibilizada: el uso sistemático de la violencia sexual por parte de grupos del crimen organizado como forma de gobernanza.
Basándose en los análisis de su Observatorio de Violencia y Resiliencia en Haití, GI-TOC destacó que, a medida que se agrava la crisis de seguridad, política y humanitaria en el país, las mujeres y las niñas están cada vez más expuestas a formas extremas de violencia. Las bandas criminales utilizan la violación y la esclavitud y la tortura sexuales para sembrar el terror en las comunidades, castigar lo que perciben como resistencia y consolidar el control sobre la población y el territorio. En Haití, los grupos armados ejercen su dominio mediante la coacción, el miedo y el castigo, y la violencia sexual debe entenderse en el marco de estas dinámicas.
Para comprender este fenómeno, es necesario examinar cómo estos actos se utilizan de forma estratégica, teniendo en cuenta el papel tanto de los líderes de las bandas como de sus miembros, así como los contextos en los que se producen. La violencia sexual puede tener lugar durante ataques, en represalias entre grupos rivales, en el contexto del desplazamiento forzado o como parte de la vida cotidiana de comunidades sometidas al control armado. Sus consecuencias van mucho más allá del trauma inmediato que sufren las víctimas: la violencia sexual puede desestabilizar a las familias, fracturar el tejido comunitario, profundizar el silencio y el medio, provocar desplazamientos y erosionar las estructuras sociales que permiten a las comunidades resistir y recuperarse de las crisis.
Un informe elaborado por un grupo de organizaciones de la sociedad civil haitiana documentó más de 4 000 casos de violencia sexual en los departamentos Artibonito, Oeste y Central tan solo en 2025. No obstante, estas cifras, ya de por sí alarmantes, probablemente subestiman la verdadera magnitud del problema. La violencia sexual y de género sigue estando ampliamente infradenunciada en Haití debido al estigma, la inseguridad y la falta de mecanismos seguros de denuncia. A pesar del trabajo de las organizaciones locales, muchas víctimas no tienen acceso a protección, atención ni justicia.
Estas cuestiones se abordaron durante la CSW70 en un evento paralelo celebrado en la Universidad de Columbia, en colaboración con su Instituto de Estudios Latinoamericanos, la organización feminista haitiana Nègès Mawon, Médicos Sin Fronteras y el Fondo Resiliencia de GI-TOC. Asimismo, fueron tratadas en una sesión informativa privada de alto nivel organizada por la Misión Permanente de México ante las Naciones Unidas. Estos espacios permitieron vincular el análisis de campo con debates de política más amplios en torno a las respuestas centradas en las sobrevivientes, la rendición de cuentas y el compromiso internacional.
De los debates se desprendió un mensaje claro: las sobrevivientes de violencia sexual deben ser reconocidas como agentes de cambio y no únicamente como destinatarias de ayuda humanitaria. Sus experiencias y perspectivas deben incorporarse de manera activa en los marcos jurídicos, el diseño de políticas y los procesos de recuperación. Esto implica ir más allá de la mera identificación de la violencia sexual vinculada a los conflictos y avanzar hacia un enfoque de justicia verdaderamente centrado en las sobrevivientes.
Las conversaciones también destacaron las carencias en materia de rehabilitación a largo plazo. La atención psicológica, social y económica sigue sin contar con suficiente financiación en comparación con las respuestas de emergencia, a pesar de ser esencial para una recuperación sostenible y una reintegración efectiva. Asimismo, es necesario mejorar la coordinación de los servicios, integrando la atención sanitaria, la asistencia jurídica, el apoyo psicosocial y la protección en marcos accesibles y seguros para las sobrevivientes.
Otra de las principales preocupaciones fue la sostenibilidad de las organizaciones lideradas por mujeres y de primera línea. A medida que disminuye la financiación internacional, las organizaciones locales asumen un papel cada vez más central, a menudo sin contar con recursos estables a largo plazo.
La rendición de cuentas ocupó un lugar destacado en las discusiones. Si bien es fundamental reforzar los marcos jurídicos, también es imprescindible garantizar su aplicación efectiva. La documentación y el análisis sistemático de los patrones de violencia de género pueden contribuir a las investigaciones, visibilizar prácticas organizadas, fundamentar procesos de reparación y vincular los testimonios de las sobrevivientes con una comprensión más amplia del control territorial y la gobernanza criminal.
Asimismo, se subrayó que la atención internacional sobre Haití se ha centrado en gran medida en Puerto Príncipe, pese a que la violencia sexual y de género no se limita a la capital. Los datos de los departamentos Artibonito, Oeste y Central, junto con las observaciones de campo en otras zonas afectadas, ponen de manifiesto la necesidad de comprender estos patrones a escala nacional.
Abordar la violencia sexual y de género en la actualidad también implica prepararse para el futuro. Ya están en marcha debates sobre la estabilización del país, el apoyo en materia de seguridad, los procesos de desarme y reintegración, y la protección de las personas desplazadas. La protección frente a la violencia sexual y de género debe integrarse plenamente en estas agendas desde el principio, y las lecciones aprendidas del caso haitiano deben orientar las respuestas políticas en otros contextos afectados por la violencia y el crimen organizado.